sábado 17 de septiembre de 2011

El elemento motivacional del sexto pecado capital




Queridos lectores, comencemos este post con una pregunta:

¿Es la envidia un sentimiento dañino y destructivo?



Lo primero que responderá la mayoría es un sí rotundo. Está tan culturalmente impregnada de malos sentimientos que es difícil abrir un hueco en nuestra razón para detenernos a pensar antes de responder. Es un lugar común en nuestra imaginería dibujarnos al envidioso como un ser ruin y carcomido, que vaga por el mundo envenenado relaciones y personas. Sin embargo, si agitamos un poco nuestras ideas para desprendernos del tamiz cultural, podremos al menos tratar de buscar evidencias sobre la vileza del sentimiento para fundamentar nuestro rechazo. En un reciente experimento realizado en la universidad de Tilburg, un equipo de psicólogos liderado por Niels Van de Ven, y comentado en BBS Research digest, trataba de observar los efectos motivadores de la envidia y la admiración. Es interesante como las palabras pueden de manera inmediata evocar elementos positivos o negativos. En el primer caso se encuentran de manera inequívoca motivación y admiración, en el segundo envidia. Pero según el estudio la motivación tiene más que ver con la pérfida envidia que con la bien considerada admiración. Las conclusiones de los psicólogos, sostienen que cuando se admira a alguien, nuestra mente da por supuesto que tiene condiciones que nosotros no podemos alcanzar, y por ende nos obnubila su superioridad pero no intentamos si quiera imitarla. Sin embargo, cuando se envidia, creemos que la persona envidiada no se merece estar en mejor posición que nosotros, ya que somos iguales o mejores. Muchas veces esto canaliza elementos motivadores para mejorar, trabajar y esforzarse de cara conseguir objetivos que creemos alcanzables y que no hubiéramos perseguido de no haber sentido envidia de alguien previamente.

Es indudable que somos seres sociales, y ni siquiera en el más utópico de los esquemas igualitarios, ningún pensador serio puede imaginarse la erradicación de cierto estatus social. Ya se pueden escribir un millón de libros sobre quien se ha llevado mi queso, monjes que venden Ferraris o manifiestos asamblearios. En muchos momentos de nuestras vidas nos compararemos con nuestros más cercanos congéneres con los que compartimos hábitat social, y encontraremos diferencias que creeremos injustas. A partir de ahí sólo cabe la envidia o la resignación, siendo este último sentimiento poco común en los tiempos que corren.

En nuestro esquema cultural es duro dar una oportunidad a la envidia como elemento positivo, tanto es así que la tenemos que disfrazar de competitividad, de ejemplaridad, o de injusticia para poder usarla y sacar los beneficios que de ella requerimos. Cuando una madre premia a un hijo por un comportamiento bueno con la esperanza de que otro sienta envidia y lo imite, cuando una empresa u ONG establece incentivos para los que desarrollen de una manera concreta ciertas tareas, o cuando un gobierno trata de castigar a un colectivo agitando mediáticamente supuestos o reales privilegios, asistimos a usos utilitaristas del sentimiento de la envidia. Con esos sentimientos se consiguen cosas que la sociedad normalmente acepta como buenas, y que jamás catalogaría como efectos de una envidia provocada.

Es tan profundo el rechazo a la envidia, que hasta el propio autor del estudio que inspira este post distingue entre una envidia buena, que es la que provoca motivación por llegar hasta donde está el otro, y una envidia mala, que provoca querer hacer daño al otro para que pierda lo que tiene diferente a ti y se igualen las cosas por abajo. Pero desde el punto de vista de la descripción del sentimiento, no creo que pueda distinguirse, en todo caso es el pensamiento de como actuar frente al sentimiento el que puede ser positivo o negativo, pero no el sentimiento en sí que en esencia es el mismo.

Las evidencias muestran a todas luces que la evolución nos ha dotado de la envidia como una cualidad de supervivencia de la especie y elemento motivador. Sin embargo, al menos para el que escribe, sigue siendo difícil de aceptar que sea un sentimiento positivo. Cada vez que un atisbo de envidia surge en mis pensamientos, inmediatamente trato de retorcerlo intelectualmente de manera que o lo descarte como necesidad vital, o en todo caso lo transforme en un objetivo personal y no en una comparación que pienso dañina para mi salud mental. Es uno de esos casos donde los valores y la ética cultural inculcada se imponen a los argumentos que la razón me proporciona, provocando cierto sentimiento de angustia intelectual. Todavía no he encontrado argumentos para tratar de escapar de esta especie de concupiscencia inversa, así que lectores, si alguien los tiene o sabe de alguna lectura que pueda ayudarme, se agradecerán enormemente.