viernes 10 de abril de 2009

Divagando y pensando en el tiempo.

El tiempo, esa magnitud que inexorablemente nos dirige hacia el futuro sin permitirnos desacelerar o volver atrás, es uno de mis conceptos preferidos para entretenerme mentalmente en mis periodos de reflexión. Hace unos meses escribí sobre el tema en esta entrada anterior. Pero para pensar en el tiempo lo primero que tenemos que hacer es tratar de definirlo o al menos conceptualizarlo. Las personas nos hacemos conceptos mentales para entender nuestro entorno, y en el caso del tiempo, nuestro esquema humano nos habla de un continuo fluir hacia delante asociado a nuestras experiencias sensoriales. Mentalmente damos la continuidad del tiempo como un hecho, sin embargo, a la hora de medirlo, a la hora de poder hablar de él, usamos siempre magnitudes discretas. Esta paradoja se ilustra mejor cuando profundizamos en como el ser humano ha ido midiendo el tiempo a lo largo de la historia.
La forma más natural de medir el tiempo en el lugar en el que vivimos, nuestro planeta tierra, es obviamente el paso sucesivo de las noches y los días. Los primeros humanos sobre la tierra muy probablemente usaron esta simple base de tiempo para posicionarse temporalmente en su vida diaria. Pero a medida que el humano evolucionaba, y por razones prácticas, necesitaba medidas más precisas. Probablemente los primitivos humanos usaron entonces las diferentes fases de la luna, las estrellas, la posición del sol, y todo lo que el cielo diurno y nocturno les ofrecía como de alguna manera repetitivo eternamente en intervalos iguales.
En este relato temporal llegamos a esas primeras grandes civilizaciones humanas a las que tanto debemos en nuestro desarrollo social y tecnológico, los sumerios, babilonios y egipcios. ¿Nunca os habéis preguntado porque medimos de una manera tan rara los días?, a primera vista, medir el día en 24 horas, de 60 minutos cada una, y a su vez 60 segundos cada minuto no tiene mucha lógica. Siendo que usamos el sistema decimal como base, sería más fácil dividir por ejemplo el día en 10 horas, o 1.000 minutos, o 1.000.000 de segundos. Pues nuestra forma de medir el tiempo viene de esas tres civilizaciones. Llegados a este punto comenzamos a vislumbrar que para medir el tiempo se necesita de uno u otro modo la matemática. Para medir, hay que poner números, y con ellos viene aparejada la abstracción matemática. Así pues, los Sumerios, esa población que habitaba lo que hoy es Irak, partieron de unas matemáticas que usaban la base 12. ¿Porque eligieron esa base y no por ejemplo la base 10 que utilizamos actualmente o que también escogieron pueblos como los mayas?. Pues básicamente porque eran un poco más enrevesados. Parece lógico escoger el 10 como base teniendo en cuenta que nuestras manos tienen 10 dedos. Todos de pequeños hemos contado y hecho pequeñas sumas y restas ayudándonos de los dedos de nuestras manos. Pero si nos fijamos un poco más en ellas podemos contar las falanges de nuestros cuatro dedos índice, corazón, anular, y meñique, ..... ¡Exacto!, 12. Ya tenemos parte del problema explicado, pero ¿porque 24 horas o 60 minutos?, pues porque son múltiplos de 12 que también podemos expresar con nuestras manos. ¿Como?, muy fácil. Imaginad que cada una de las 12 falanges de las que hemos hablado corresponde a un número del 1 al 12, pero aun os sobra un dedo en esa mano, el pulgar. Posicionando su punta en cualquiera de las 12 falanges estaréis indicando un número concreto del 1 al 12. ¿Como hacemos para llegar hasta 60?, pues como podéis imaginar usando la otra mano. En este caso el sumerio que parió esta forma de contar debía estar ya un poco mareado por lo que decidió usar sólo los 5 dedos olvidándose de las falanges. Asignando 12 a cada dedo de la segunda mano podemos indicar levantando uno un 12, levantando dos un 24, y así hasta que levantamos los 5 y hacemos..... ¡Exacto! 60. En el caso por ejemplo de que queramos indicar 16, levantaremos un dedo de nuestra mano derecha e indicaremos con nuestro pulgar el cuarto falange de la izquierda, de esa manera tendremos 12 + 4 = 16. De esta manera, los babilonios que heredaron de los sumerios esta manera de contar, decidieron partir el día entre la parte del mismo con luz solar y la noche, y dividir a su vez esas dos mitades en 12 horas, dando lugar a las 24 horas a las que estamos acostumbrados. A su vez dividieron las horas en 60 minutos y estos en 60 segundos. ¿Nos suena verdad?. Pero a pesar de que la división nos resulte muy familiar no era exactamente lo que nosotros hacemos actualmente, ya que con las diferentes estaciones del año, los días se van haciendo más cortos o más largos, y las horas babilónicas se iban estirando o encogiendo en función de la longitud del día. Esto lo arreglaron los egipcios, que tomaron prestada su herencia cultural, y redefinieron el concepto olvidándose del día y la noche, y haciendo que esas 24 horas fueran siempre iguales entre ellas y entre todas hicieran un día completo, todo esto ya hacia el final de su civilización, en el siglo II antes de cristo. Así que ya sabemos una cosa más, la razón por la que tenemos una forma tan rara de medir el tiempo de cada día, es por culpa de un sumerio enrevesado y la morfología de nuestras manos.
Pero ahora que ya conocemos de donde viene nuestra división del tiempo tenemos que resolver el problema de como medir su paso, de donde saber en que hora, minuto o segundo nos encontramos. Desde aquellas primeras civilizaciones y hasta muy recientemente en la historia, el modo de saber la hora no era otro que la posición del sol. Usando como base el astro rey comenzaron a desarrollarse los relojes de sol. Tanto los babilonios como los egipcios construían obeliscos cuyas sombras, les daban cierta indicación de en que parte del día estaban. Los propios egipcios refinaron el invento poniendo una base a un puntal, y dividiendo esta de este a oeste en intervalos para marcar las horas. Un sacerdote Babilonio del siglo III antes de cristo, Beroso Caldeo, según nos cuenta Vitruvio , perfeccionó el invento haciendo que la proyección no fuera sobre un plano sino sobre un círculo excavado en una roca cúbica. Los Griegos, grandes conocedores ya de la geometría y las matemáticas, hicieron muchas mejoras al reloj de sol, y posteriormente otras civilizaciones van mejorándolo y añadiéndole facultades con aparatos como el astrolabio utilizado por los musulmanes de la edad media no sólo para saber la hora, sino incluso para determinar la latitud. Durante todo este tiempo otros mecanismos basados en los flujos de sustancias se usan para medir tiempos pequeños más precisamente, en esta categoría están los relojes de arena o los de agua. Posteriormente aparecieron los relojes mecánicos, primero basados en poleas con pesos donde la gravedad era usada como motor de los mismos, y más tarde basados en muelles y péndulos. Estos primeros relojes mecánicos eran bastante imprecisos, y necesitaban calibrarse con relojes de sol bastante a menudo. Realmente en aquella época la precisión de los relojes tenía más que ver con la navegación y la astronomía que con la vida diaria de la gente. Ahora estamos tan acostumbrados a la precisión en la hora, que se nos hace difícil pensar en vivir sin saber exactamente que hora es, pero durante miles de años los humanos han vivido sabiendo sólo más o menos en que momento del día estaban. La mayoría de la gente comía cuando podía en caso de ser pobre, o cuando tenía hambre en caso de ser rico, pero no esperaba a una hora concreta porque no sabía cual era.
Poco a poco, conforme la sociedad y la técnica avanzaba, los relojes se hacían más precisos, y con ellos los humanos más apegados a ellos. Las campanas de las iglesias marcaban las horas de los rezos, cuando llegó la revolución industrial las manecillas de los relojes, marcaban la hora de empezar a trabajar, las salidas de los trenes o la hora del te. Conforme el ser humano se complicaba la vida, y no olvidemos evolucionaba, medir el tiempo de forma precisa y barata se hacía indispensable.
En la actualidad, mucha gente se pregunta si realmente es tan necesario vivir pegado al reloj. En este discurso que mucho chamán moderno practica, nuestra vida diaria establecida con el reloj, se critica por vana y esclava. Nos levantamos con el despertador a las 6:20 am en punto, a las 6:40 hemos desayunado, asearnos nos cuesta 25 minutos, hacer la cama recoger las cosas otros 10, justo a tiempo para salir de casa y llegar al trabajo sincronizadamente con todos nuestros compañeros de trabajo a las 8:00 am, y de esta manera podemos seguir describiendo muchos de nuestros días con precisión milimétrica. Estos nuevos sacerdotes laicos que sin embargo usan el discurso de los religiosos más místicos, defienden que esa vida es mala, que debemos romper con ella y disfrutar más de la misma. ¿Y que saben ellos si nosotros no disfrutamos con nuestra rutina planificada?. Hemos visto en este post que ese apego a las manecillas de reloj se forjaba mientras el mundo evolucionaba, o más bien, el mundo evolucionaba gracias entre otras cosas a que éramos capaces de medir y usar el tiempo. Podemos volver a las cavernas, levantarnos cuando sale el sol, y dormir cuando se pone. No hay problema, viviremos 30 años de media, no nos habremos movido más allá de unas decenas de kilómetros desde donde nacimos, y nadie estará leyendo cosas como esta. Sin embargo podemos seguir evolucionando, podemos usar nuestro conocimiento del tiempo para gestionarnos mejor, para reclamar durante el siglo XIX las 8 horas de trabajo, para protestar por las 35 horas que reclaman ahora, o para coordinar una fiesta con amigos. Necesitamos vivir apegados al tiempo porque la civilización actual no es posible sin el esfuerzo coordinado de miles, millones de humanos. Sin precisión temporal no son posibles casi ninguna de las cosas que nos hacen la vida más fácil. Desde el café y el bollo que desayunamos, hasta el viaje de vacaciones que hacemos, todo lleva detrás el esfuerzo, conocimiento, y necesidad de coordinación temporal de incontables personas que tienen que hacer ciertas cosas en un determinado momento. Eso no quiere decir que no tengamos que planificar nuestro tiempo de forma que disfrutemos de la vida, de las cosas que nos gustan, de leer un buen libro, o de tirarnos al sol de la primavera, o incluso improvisar y hacer cosas no planificadas. Pero en todos los casos sabiendo que hora es, sabiendo que dejamos de hacer en ese momento y valorando si es o no prescindible dadas las circunstancias. Es por eso que cuando viene cualquiera de estos nuevos predicadores a contarme lo perra y esclava que es mi vida apegada al reloj, me río internamente y pienso que seguro que el charlatán está internamente pensando que cuando acabe de intentar convencerme, se irá corriendo a ver una película con un amigo (que empieza a una hora concreta), a recoger a su hijo al colegio (a una hora concreta), o a coger un tren para visitar una ciudad que le gusta (a una hora concreta). Y es que sin precisión en el tiempo, el charlatán no tendría ni películas, ni colegios, ni trenes, ni hubiera tenido tiempo para pensar en el discurso vacío que me ofrece.
Hoy estoy un poco radical queridos lectores, así que se admiten comentarios que rebatan la postura y moderen mis creencias ;) .