miércoles 7 de enero de 2009

Se acabó la navidad, hay que digerirla

Se acabó la navidad. Con la resaca de los reyes se termina oficialmente ese periodo donde los sentimientos, tensiones, nostalgias, recuerdos, miedos y esperanzas confluyen dando lugar a cócteles de dura digestión. Estos días mucha gente está tratando de pasar por el estómago no sólo los turrones, el jamoncito y demás excesos culinarios que esta, nuestra sociedad consumista, nos ha dejado en nuestros cuerpos. También son días propicios para digerir las emociones, los pensamientos y los propósitos que han emergido en nuestras almas durante los días de Navidad. Porque en estas fechas pasadas, no sólo nos empachamos de alimentos que normalmente no catamos el resto del año, también nos relacionamos de manera compulsiva con familiares y amigos, hacemos balance de lo que ha sido el año que se cierra, e internamente nos proponemos mejorar algunas cosas que no nos gustan, o pedimos a la divinidades de uno u otro tipo que mejoren nuestra fortuna si esta ha sido mala, o nos dejen como estamos si ha sido buena. Tras estos días se puede sentir cierta sensación de vacío, una mezcla de necesidad de una vuelta a la confortable rutina en donde todo está donde debería a la hora estimada, y una nostalgia por lo pasado y aquellos que vuelves a dejar atrás apartados de la intensidad de los días recientes. Es lo que tienen estas celebraciones colectivas, los humanos somos consustanciales a ellas, y nos imbuyen de sentimientos que se potencian y multiplican al observar a otros congéneres que hacen y sienten lo mismo que nosotros en momentos coincidentes en el tiempo. Pero tras estas orgías colectivas, al igual que tras las grandes celebraciones personales, viene la resaca. Esta es de mayor o menor grado en tanto más se aparte de la rutina habitual la vida que hayamos llevado durante los días pasados. La razón de toda esta amalgama de sentimientos hay que buscarla en la misma base de la raza humana. Somos animales inteligentes y sociales que necesitamos de nuestra tribu. Las grandes colectividades como los países, las ciudades, etc. no son sino formas de organizarnos más o menos convenientes, pero en el fondo, seguimos necesitando del contacto con nuestra ancestral tribu nómada de la que el humano actual emergió. La fuerza espiritual que alimenta nuestros sentimientos, da sentido a nuestras vidas, y nos hace avanzar como personas individuales y como grandes colectividades, radica en nuestra afectividad a unas pocas decenas de personas que componen nuestra tribu. La sociedad ha evolucionado, y ya no corremos por las praderas buscando caza y comida, ni siquiera la mayoría de nosotros cultiva o pastorea el ganado, pero emocionalmente no hemos evolucionado. Y la navidad para muchos ha sido tiempo de ver a su tribu, a aquellos con los que ha evolucionado y crecido, a aquellos por los que siente esa clase de pasiones que sólo los muy cercanos pueden provocar. No todo en la tribu nos gusta, de hecho muchas cosas nos disgustan, pero es nuestra tribu, nuestra gente y la gente de aquellos a quien más queremos. Familia propia y política, amigos, en definitiva, los integrantes de nuestro micromundo mental que a pesar de que físicamente pueda estar a kilómetros de distancia durante la mayor parte del tiempo, para nosotros, para nuestra alma, siempre están ahí, con lo bueno y con lo malo, haciéndonos sentirnos parte nuestra tribu. Durante este tiempo pasado la cercanía física, el deseo de ver y estar con todos y cada uno de los miembros de nuestro clan, nos han realzado sentimientos que ahora toca digerir junto a las calorías y excesos alimenticios de las fiestas. No tengo duda de que para la mayoría de nosotros, a pesar de lo bueno o malo que haya podido ser el año que dejamos, la digestión será para bien, nuestro cuerpo se hará más fuerte, y nuestra mente más sabia, convirtiéndonos en mejores personas y reafirmando nuestro cariño a los nuestros, a los que nos importan. Para todos vosotros, queridos lectores del blog, os deseo un próspero y feliz 2009 desando que se cumplan todas vuestras expectativas, y aconsejándoos prudencia y sobre todo que recibáis al menos el mismo cariño y lealtad de los que os importan que el que me han dado a mí, ya que es la verdadera base de la felicidad.