
Los humanos somos animales, es algo que creacionismos aparte es ampliamente aceptado. Pero hay momentos en los que esa sensación la experimentamos más vivamente. Puede ir uno paseando por el monte pensando en su día a día, y de repente encontrarse una manada de caballos. El silencio, el frío, la respiración de ellos y la tuya. Ambas bestias nos observamos mutuamente, nos evaluamos. En el momento en que tanto los caballos como el humano deciden que no suponen un peligro comienza el juego curioso. Un acercamiento, una mirada, seguimos estudiándonos. El olor, el tacto, el oido, la vista todo está alerta y en estado instintivo. En realidad no dejamos de ser seres inadaptados vivendo en un mundo creado por nuestra mente en el que nuestros instintos primarios y animales no se sienten cómodos. Durante los minutos que dura el encuentro con los caballos es nuestro incosciente el que está en su salsa, dominando la situación, en cuanto eso se acaba, en cuanto vuelve la rutina, la conciencia vuelve a tomar el timón y de nuevo arrinconamos a nuestros instintos.
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