
El pobre Ícaro volava junto a su Padre, por fin escapaban, pero la sensación de volar debía ser tan increible que quería más. Haciendo caso omiso a su padre, comenzó a remontar el vuelo cada vez un poquito más, pero el sol termió por derretir la cera de sus alas, y el póbre Ícaro cayó al mar. Muchas veces nos sentimos bien, potentes, con el infinito y más allá como único horizonte. Sin embargo somos humanos, limitados, y siguiendo con los tópicos, cuanto más alto subes, más fuerte es la caida. En esos momentos hay que recordar a los clásicos, como Dédalo cuando le decía a su hijo que se mantuviera lejos del mar y lejos del sol.
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